domingo, 8 de marzo de 2009

Compartiendo

(escrito en 2009 :o , re-encontrado en borradores y publicado en 2019...)

Estaba leyendo sobre la felicidad, y me alegré.
Me alegré mucho.
Hay momentos especiales. Muchas veces resonamos como diapasones con los demás.

Foto: ventana abierta al mar. Cedida por Sara

Al leer recordé otro de esos momentos, distinto, pero parecido:
Ayer estaba esperando la guagua en una parada.
Casi apoyado sobre la pared, mirando hacia la dirección de donde debía venir la guagua, absorto en mis pensamientos, y concentrándome en estar alerta para leer el letrero de la guagua y coger la que me llevaba a mi piso.

De repente noté el silencio, el no ruido, de una persona que había pasado a mi lado, cerca, y que me sorprendió.

En aquel momento todos los ruidos y sonidos de la calle empezaron a llegar a mis oidos. Otras veces molestan, pero en ese momento hasta los molestos eran paladeados.

Oía el motor al ralentí del coche parado en el semáforo, que era distinto del otro coche de al lado. Oía el deslizar de las ruedas sobre el asfalto. La conversación fugaz de los motoristas que pasaban rápido. La conversación por el móvil de aquella mujer que caminaba por la acera de enfrente. Esas otras pisadas, unas sonoras, otras de papel. Una campana. Un avión. La música salsa del bar al lado...

Y el ruido de fondo de la ciudad. Ese ruido que apagaba, engullía, otros sonidos, como las pisadas de los tenis. Era un ruido de ser.

Me dí cuenta de que todas aquellas personas tenían su sonido.

Fueron unos minutos. Un momento.


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