Y así es. Doy fe.
Ella se acercó suavemente.
Llovía; yo estaba empapado (la mañana había empezado de sol y playa: así iba yo confiado).Esperábamos en una parada de la güagüa.
Ella era delgadita, morenita, bajita.
Llevaba paraguas.
Se acercó suavemente a la cola, y se puso delante de mí.
Me miró de reojo, y sonrió.
Yo estaba empapado: La camisa, el pelo, las gafas…
A mi alrededor había otras personas previsoras que se cubrían con sus paraguas.
Ella me volvió a mirar, y con un gesto suave, sin palabras, deslizó la mitad de su paraguas sobre mi cabeza. Llovía. Sonrió. Y una sonrisa de profundo agradecimiento nació en mi cara, y un gracias brotó del fondo del corazón.
Llovía. Yo estaba empapado. Doy fe: ángeles morenitos también hay en el cielo, y de vez en cuando bajan con sus paraguas para protegernos de la lluvia.
Ella no podía esperar más. Yo decidí quedarme a esperar.
Ya subido a la güagüa en el camino busqué con la mirada a aquel ángel de la guarda morenita que ya andaba muy por delante delgadita, bajita, con su paraguas. Nos saludamos con la mano, y le dije al conductor que una mujer quería subirse; pero él no podía esperar.
Doy fe: los ángeles de la guarda usan paraguas, y a veces adoptan la forma de mujeres bonitas, morenitas y bajitas.
Quizás nunca más me la vuelva a encontrar. O quizás, sí, seguro, en otra forma corporal, igualmente tierna y entrañable.