domingo, 31 de octubre de 2010

metáforas

Llegó mientras preparaba el desayuno.
Eran las 8 de la mañana de un sábado. Me iba a caminar senderos.
Una algarabía me llamó la atención; nueva, ruidosa, impaciente…
“Los vecinos no tenían pájaros…”, pensé.
Dejé el desayuno en la cocina, y me acerqué despacio a la terraza.
Escuché. Millones de años de evolución me hacían intuir...
Asomé la cabeza: allí estaba “Antonio”, así lo bautizó mi hija.
Azul, dueño del mundo, le sobraban todas las óperas de la historia.

No sé cómo se había colado entre los barrotes de la terraza, como había traspasado la línea de una sutil cárcel.
Le preparé también algo para desayunar: agua, uvas, pipas,… No suelo estar preparado para este tipo de visitas…
Mi hija se despertó, y coincidimos en la puerta de su dormitorio. Una seña, un gesto, … y despacito nos acercamos para que viera a aquel Don Juan mañanero que trinaba, o casi más bien, tronaba…

Fotos. Más foto. Alegría, sorpresa, como de mañana de Reyes Magos. Y me fui de excursión.



Cuando al final de la tarde volvía a casa me encontré pensando en “Antonio”, bromeando con mis compañeros de viaje, preguntándome si aún seguiría en la terraza, aceptando con cierta tristeza que me sorprendió que ya había podido irse.

Abrí la puerta. Esperé… ¡Un trino me hizo sonreir!. Y mandé un sms “Antonio todavía sigue en casa”…
Puse más agua, puse algunas pipas más… Abrí la puerta del salón, la que da a la terraza.
Me puse a escribir y leer en el ordenador.
Al poco, como si me hubiera entendido, “Antonio”, todo azul, comenzó a revolotear en la terraza, y en una de esas entró todo decidido en el salón (bueno… más bien algo a trompicones…). Revoloteó sobre las copas caras de vino (“¡nooo!”…), golpeó en el gran espejo de pared, aterrizó en la mesa del ordenador… Su pecho agitado por el estrés. Le hablo suave y despacio, con mi mejor voz de técnico en relajación… Se sosiega… Y ahí se queda, dejándose arrullar, posando, curioseando y levantando el cuello para verme detrás de la pantalla…, escuchando la música de “Carros de Fuego” que le pongo…













Me voy al sillón.
Al cabo de un rato, inquieto, revolotea hasta que se posa en la librería, justo enfrente mía, mirando como quien dice “¿y ese quién es y qué hace ahí abajo??”

En una de mis idas y venidas a la cocina se posa en la guía de la cortina. Ahí se quedará toda la noche, hasta que a la mañana siguiente lo sobresalto cuando casi a oscuras me acerco a ver si todavía sigue allí.
Vuelvo a cambiarle el agua y a reponer el plato de comida.
Esta vez, ya, sí, abro uno de los ventanales de la terraza, para que, sí quiere, se pueda marchar hacia su libertad.
Canta, revolotea, juega al escondite,… Me aposto para sacar la foto de cuando salga por la ventana… pero al final prefiero no estropear ese momento.

Me doy cuenta de que hoy cambia la hora. Y mientras la cambio en mi ordenador y en mi reloj, a las 9 de la mañana del domingo, algo me dice que “Antonio” ha encontrado el camino hacia su destino. Me asomo. Ya no está. Se fue como llegó: libre, sin pedir nada.
Nada se puede retener contra su voluntad. Es un acto de amor. Porque por un momento pensé en atraparlo y guardarlo en una jaula, cuidarlo, darle de comer y de beber, mirarlo, hablarle, disfrutar de su canto,… pero eso quizás no era lo que él quería, aunque por un momento yo sí lo hubiera pensado.
Y ese regalo de una mañana de sábado voló, al mismo tiempo que se quedaba ya para siempre. La ventana abierta. Vuelve cuando quieras.
Y, vosotros, esos otros "Antonios" que vendrán, esas otras terrazas que visitar, esas cuerdas espacio-temporales que tantas vueltas dan el vida…
Quizás yo también empiece a entender.

esas lineas de la vida como arcoiris